La no necesidad de justificarnos todo

 

Un día aprendí en mi vida, a que no tenemos necesidad de justificar nuestras acciones a nosotros mismos. Estamos malacostumbrados a justificarnos todo. En ocasiones, es como si la mente analítica que Dios nos ha dado, en lugar de sernos útil, nos fuera un estorbo. La verdad es que la mente analítica es como cualquier objeto, un bisturí: el bisturí puede salvar vidas si es necesario, o es capaz de asesinar de la manera más cruel… todo depende de la mano que lo empuñe y de la utilidad que le dé la mente analítica/reactiva de la persona en cuestión. No debe haber mucha diferencia con la mente analítica. Supongo que, como todo, la mente analítica puede llegar a ser buena o mala en función a cómo la utilicemos. Justificándonos todo, retorciéndolo todo, sobrepasamos nuestros límites y nos volvemos esclavos de nuestros pensamientos y nuestros pensamientos no provienen de otro sitio que de la mente analítica. De esa manera le damos un mal uso al regalo que Dios nos ha concedido…

Conozco a mucha gente que justifican todo: sienten la necesidad de justificar sus horarios, sienten la necesidad de justificar por qué duermen “X” horas, sienten la necesidad de justificar por qué comen lo que comen, por qué faltan al trabajo, por qué faltan a una cita, por qué no pueden hacer un favor, por qué trabajan, por qué disfrutan… y así hasta que al final tienen que rendir cuentas de todo.

Sé que muchas veces he hablado de lo pernicioso que es rendir cuentas al otro pero… rendirse cuentas a uno mismo… eso también es pernicioso… Es terrible volverse esclavo del otro, pero también lo es volverse esclavo de uno mismo.

Y terminamos viviendo en el infierno de cuestionarnos TODO y de tener que justificarnos TODO… y todo esto, insisto, a nosotros mismos.

Solo hagámonos tres preguntas: ¿Quiénes somos? ¿De dónde venimos? ¿A dónde vamos?

Son profundas, sí, pero las respuestas son mucho más sencillas de lo que la gente piensa. Solo respondiendo esas tres preguntas no hace falta que justifiquemos nada. Vivamos intensamente, por nosotros y por el otro.

Raúl Caballero.



Compartir