De la Identidad

Recordando la película “Split”, comprendemos la existencia de la personalidad múltiple pero una parte de nosotros aduce a que entre todas ellas, una es la original. La nuestra, de la que partimos.

Sin embargo, ¿Acaso realmente una tiene que ser la original o primigenia? ¿No somos un resultado ya? ¿Acaso esa identidad “original” no es el resultado de una formación en gran medida derivada del exterior?
¿Por qué tendemos a buscar una primigenia a la que agarrarnos?

Creemos que somos tal persona: Crecemos en un contexto, nos asignan un nombre y vamos pasando por diferentes fases de nuestra vida. Sin embargo, analizándonos observamos que ese “somos” no es más que una Identidad formada en gran medida derivada del exterior. Una identidad que se ha ido formando en base a memoria y conocimiento absorbido.

Al identificarnos con la mente, el sentido de nosotros mismos depende de ella. Nos identificarnos con todo lo que hay en ella: Experiencias, gustos, satisfacción, dolor, familia, educación, colegio etc…Todo ello da sentido a nuestra identidad, a lo que somos.

Este es el “yo” superficial del que he hablado en muchas ocasiones. Este es el que nos define y con el que identificamos nuestra existencia y nuestros actos.

Pero este falso “yo” se busca y rebusca en un laberinto intentando reafirmarse constantemente. Se justifica y adopta diferentes roles intentando dar un sentido a la vida y a sí mismo. Se reafirma en base al conocimiento, a la memoria y a sus experiencias. Existe una división ilusoria que engendra conflicto, y la mente queda atrapada en ese conflicto.

Uno de los mayores problemas del hombre es que se ha visto confundido en el drama de esta “búsqueda” de sí a lo largo de su existencia en un proceso acumulativo dentro de su mente y pensamientos.

Pero en la mente no hay ninguna verdad. En la mente hay interpretación. Interpretación que nos ayuda en diferentes etapas de nuestra vida a intentar establecer un sentido a la misma. Una interpretación que a veces causa sufrimiento, otras placer y otras alivio.

Pero de esa interpretación pasamos en gran medida a la identificación. Es tal en relación al conocimiento, que en vez de utilizarlo nos apropiamos de él. Nos apropiamos de las ideas. Porque para ese “yo” directamente son ÉL y se ofende y defiende por supuesto.

Al asociar la identidad con los pensamientos, más crece la separación con respecto al SER o como quieran llamarlo. Muchas personas «religiosas» o “iluminadas” se encuentran estancadas ahí. Equiparan la verdad con el pensamiento y, puesto que están completamente identificadas con el pensamiento, se consideran las únicas poseedoras de la verdad, en un intento inconsciente por proteger su identidad.
Las redes sociales no se quedan atrás.

Sin embargo detrás de esto sigue habiendo el lastre por excelencia: El miedo. El miedo a dejar atrás lo que creemos que somos, el miedo a quedarnos solos, vacíos y sin nadie que pueda corroborar nuestros pensamientos.
El miedo a no tener identidad y a no sentirnos alguien en una sociedad cada vez más destinada a tener una posición social y encaminada a un ideal de ser.

Es el miedo el que no nos deja soltar dicha identidad. Nos hace identificarnos con lugares, con personas, con creencias, con ideas, con objetos y con grupos que nos reafirman y en los que buscamos una aprobación constante. Todo para sentir que existimos.

Vivo cierta clase de vida; pienso conforme a cierto patrón de pensamiento; alimento ciertas creencias, ciertos dogmas, y no quiero que esos patrones de existencia se vean perturbados ya que en ellos tengo mis raíces. No quiero que los perturben, porque la perturbación produce un estado de no saber, y eso no me gusta. Si me arrancan de todo lo que conozco, de todo aquello en lo que creo, necesito estar razonablemente seguro del estado de cosas hacia el cual me dirijo. Las células del cerebro han creado un patrón, y esas células se niegan a crear otro patrón que podría ser incierto. El movimiento de la certidumbre a la incertidumbre es lo que yo llamo miedo”. Krishnamurti

De hecho, son muy pocos los que dejaron el miedo atrás, y los que lo hicieron produjeron un gran rechazo (por miedo) en personas cuya identificación era mayor y, por el contrario, admiración en aquellas que por momentos en su interior tomaron consciencia de él y fueron capaces de observarlo en vez de huir del mismo.

Romper con este miedo, provocado por un “yo” separado, identificado con el pensamiento viejo, acumulativo y la memoria es parte de lo que grandes maestros nos han intentado mostrar a lo largo de la historia. El Zen, el Tao, el momento presente, el vacío o incluso desaprender como han dicho en occidente…son corrientes que van todas en esa línea.

Observen a la gente viviendo a través de su mente. Observen los pensamientos y la verborrea mental de un “yo” interno que no para de pensar, comparar, juzgar o imaginar.

“Trascender” la mente no significa que uno viva sin ella. Como comenté en la reflexión anterior es parte de nosotros y la utilizamos, al igual que el cuerpo físico. Simplemente uno va a despertar de esa identificación de ese “yo” que cree que es, para darse cuenta que este no es más que una proyección del pensamiento que se busca constantemente en una dualidad perpetua de sufrimiento y placer.

Cuando dejamos atrás ese “yo” deja de haber separación, deja de haber identificación con la mente, para sentir un estado de percepción único.

Véase la reflexión ( Del Observador y lo observado)
reflexiones/del-observador-y-lo-observado/

Con este escrito no pretendo imponer una idea, ni siquiera generar un debate intelectual ni filosófico. Sino intentar poner una pequeña piedra para generar un cambio. Un cambio que genere cierta consciencia sobre nosotros mismos y los mecanismos por los que nos identificamos con nuestra mente y todo lo que hay en ella.

Cuando dejemos atrás esa identificación habrá más respeto y tolerancia.

Por supuesto seguiremos interpretando la vida dando pequeños o grandes pasos en nuestra evolución como personas o como humanidad, pero recordando que la vida misma es movimiento y que no hay nada sujeto a un estado permanente.

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Luis Sanmartin ( Febrero 2020)